Una de las noticias de los medios en el día de hoy es la prohibición de la venta de bombillas incandescentes de más de 100W, según una directiva de la Unión Europea de diciembre de 2008. En septiembre de 2009 le ha tocado a las de más de 100W, en septiembre de 2010 a las de más de 75W, en 2011 a las de 60W, y en septiembre de 2012 su desaparición total.
Esta medida, según el anuncio oficial, se toma para proteger el medio ambiente de las emisiones de CO2 y velar por la eficiencia energética. Esto está muy bien, pero en realidad parece más una medida de cara a la galería que se ha tomado, como siempre, sin proveer los medios necesarios de antemano y, como siempre, de forma precipitada.
Las bombillas de incandescencia, como sabemos, tienen 3 componentes: el metal de la rosca y varillas, el cristal, y un filamento normalmente de tungsteno, que aparte de no ser excesivamente contaminante, es un elemento abundante en la Tierra (en el puesto 57) .
La alternativa que nos ofrecen ahora es la instalación de lámparas compactas de fluorescencia, es decir, las bombillas que nos venden como ‘de bajo consumo’, de las cuales ya soy usuario.
Esta ‘maravilla ecológica’ tiene una complejidad bastante más elevada que una simple bombilla. Por un lado, en el tubo dispone de una serie de elementos, como un envoltorio de fósforo que reacciona al vapor de mercurio (combinado con otros gases nobles), provocando luz cuando la electricidad atraviesa ese vapor. Por otro lado, necesita de una serie de componentes electrónicos en la base (transistores, diodos y condensador para el rectificador) que a su vez están compuestos de silicio y otros materiales, aparte de los ya existentes en las bombillas, metal para la rosca y cristal para el tubo.
Estos materiales complican el reciclado de una bombilla de bajo consumo, aparte del pequeño riesgo que supone la tenencia de algo en nuestras casas que contenga mercurio. Además, resulta que organismos de la Unión Europea han detectado diversos inconvenientes a estas ‘maravillas ecológicas’ tales como:
- Parpadeo de la luz. No me refiero al parpadeo inicial, sino que, aunque la luz parezca continua, realmente tiene una oscilación, o parpadeo, que puede influir adversamente en individuos con alguna afección previa (como epilepsia, migrañas, fotofobia).
- Emisión de UltraVioletas (UV). Aunque afirman que no llega a ser perjudicial a distancias prudentes, la exposición continuada a la luz de este tipo de bombillas conlleva una dosis de rayos UV asociada, y por eso se recomienda comprar bombillas de doble forro (double coating). Esta emisión también es perjudicial para aquellas personas que tienen especial sensibilidad a los UV.
- Campo electromagnético. Aunque no hay datos para contrastar, puede llevar a algún tipo de sensibilidad hacia los mismos por parte de las personas, y por otro lado, y eso sí está contrastado, pueden generar interferencias en aparatos de consumo (radios, etc.), o incluso interferencias en redes inalámbricas (wifi).
Por tanto no se entiende cómo es posible que se haya tomado una medida de este tipo, cuya misión puede parecer ecológica, pero no lo es tanto. Son más caras de fabricar, son más caras de comprar, y las consecuencias ecológicas de su falta de reciclado pueden llegar a ser más graves que la emisión de CO2 que conlleva el uso de la bombilla convencional. En una sociedad como la nuestra, en la que la responsabilidad sobre el reciclado brilla por su ausencia, este tipo de tecnología no parece lo más sensato. ¿Cuántos de ustedes que ya son usuarios de CFLs, e incluso de fluorescentes convencionales, llevan estas lámparas a un punto de recogida especializado al final de la vida de las mismas?
Por otro lado, nos están perjudicando en la eliminación de nuestras opciones, en poder elegir qué es lo que queremos. En un cuarto trastero, o en un aparcamiento, donde el uso de una bombilla es limitado, quizás no interesa el hacer el gasto en una de bajo consumo, ya que el ahorro supuesto de estas bombillas se da a la larga, con el uso continuado. En un lugar con poco uso, estas bombillas no salen rentables en toda su vida útil. Además, en exteriores, debido a la electrónica y mayor complejidad de estas CFL, la tendencia es a estropearse por corrosión mucho antes de poder llegar a ese punto de ahorro.
¿Qué clase de motivación es la que lleva a la aprobación de este tipo de medidas? ¿La presión de las empresas por vender un producto más caro? ¿Por qué somos los consumidores los que tenemos que pagar las consecuencias de que la legislación actual no se cumpla y que se hagan emisiones de gases a la atmósfera a gran escala desde determinados entornos y que no pase nada?
Y tal como afirmaba antes, yo uso esas bombillas desde hace tiempo, y procuro llevarlas a reciclar cuando se rompen. Y he llevado ya muchas, con lo que la afirmación de que duran más que una bombilla convencional me gustaría que me lo demostraran. Seguramente las pruebas las hacen manteniendo la bombilla encendida mucho tiempo. La realidad es que con el uso habitual (encender, apagar, encender, apagar…) parece que duran lo mismo o menos.


5 Septiembre 2009
[...] pero aún no estoy en condiciones de afirmar que estas duren más que las convencionales. Y por lo visto, tampoco es que contaminen [...]